martes, 17 de junio de 2008

RAUL GOMEZ JATTIN: EL DIOS QUE ADORA

“Yo fui tan lúcido que hasta loco fui”. La frase sólo puede ser dicha por un poeta o un loco. O por ambos. Y es que Raúl Gómez Jattin, su autor, fue justamente eso: un poeta loco. Enamorado, marihuano y vulgar. Poeta y loco: dos vidas en un solo hombre. Algo terrible. O maravilloso.

El poeta vagó por la costa norte de Colombia, desde su natal Cartagena hasta su amada Cereté, y de ésta a aquélla. El poeta antes de ser tal vivió del teatro. El poeta escribió un número generoso de poemas que iban saliendo así: sin artificios, sin complicaciones, sin tapujos. El poeta anunciaba sus versos en recitales acá y allá con la voz fuerte del hombre costeño que era. El poeta vivía de sus letras y palabras. En cambio el loco fue algo más: las aceras fueron su cama habitual, las cárceles sus lugares de paso obligado y los hospitales los sitios más crueles donde malvivía su locura. El loco no vivía, sobrevivía. El poeta murió hace diez años en un absurdo accidente de tránsito; el loco se suicidó tirándose a un auto. Del poeta se dice que escribía bien, que recitaba mejor y que pensaba como poeta: escribía, recitaba y pensaba sólo versos. Bellísimo. Poesía vulgar, dicen muchos. Poesía, dicen otros. En cambio el loco es inclasificable, cuando no inentendible: que violentaba a los transeúntes, que su sexualidad era asquerosa, que la marihuana lo desquiciaba, que no se bañaba, que era un mendigo solitario y triste, que moría todos los días. “Si quieres saber del Raúl / que habita estas prisiones / lee estos duros versos / nacidos de la desolación / Poemas amargos / Poemas simples y soñados / crecidos como crece la hierba / entre el pavimento de las calles”. Ese es el loco: una hierba que crece entre el pavimento de las calles. Y calles son lo que hay.

El poeta se decía a sí mismo que era un Dios: “Soy un Dios en mi pueblo y mi valle / No porque me adoren Sino porque yo lo hago”. Un Dios que sufre y llora y ríe y ama. Un Dios humano. Un Dios que roba versos: “como estos versos míos que le robo a la muerte”. Vida y muerte, tal es el péndulo temático que registra los movimientos del hombre poeta, del poeta loco. Es claro que un poeta es más que un hombre sin penas, es un Hombre con todas ellas. “Intemperie y soledad / faltan en tu vida amigo de mi alma / Lo lamento De verdad lo lamento/ (…) No te ha azotado el desamparo / Ni la injusticia Ni la traición / No has sido perseguido”. No eres poeta aún. Para ser poeta se requiere de una receta infalible: soledad, amor, desengaño, angustia, nostalgia…

El loco se sabe hijo menor, “el más inteligente”: “En vez de abogado respetable / marihuana conocido / En vez del esposo amante / un solterón precavido / En vez de hijos / unos menesterosos poemas”. El pecado fue haber sabido más: “Lo cierto es que el padre le habló en su niñez de libertad / De que Honoré de Balzac era un hombre notable / De La canción de la vida profunda / Sin darse cuenta de lo que estaba cometiendo”. Un loco pues: “Porque a la riqueza miro de perfil / mas no con odio”; “Porque no defendí el capital siendo abogado”; “Porque sé dar una trompada al amigo ladrón”. La metamorfosis del loco se da aquí: en lo que escribe en tanto que lo vive, en la poesía que le inunda sus venas cual si fuera la sangre de un renegado a morir y un condenado a vivir. Ese fue Raúl. Un poeta maldito. Un bello poeta. Un Dios que entre acera y acera describía la vida de un Hombre enamorado y solitario.

Dos personas en una, el poeta y el loco. Y a la vez ni lo uno ni lo otro: “Por qué querrá esa gente mi persona / si Raúl no es nadie Pienso yo / Si es mi vida una reunión de ellos / que pasan por su centro y se llevan mi dolor/ (…) Será porque los amo / Porque está repartido en ellos mi corazón/ (…) Así vive en ellos Raúl Gómez / Llorando riendo y en veces sonriendo / Siendo ellos y siendo a veces también yo”. No pregunten quién ganó la partida, si el poeta o el loco. Sólo se puede decir que el hombre se hizo Hombre, Raúl Gómez Jattin. Un Dios humano. Por eso: “Nadie soy yo Nadie soy yo”.

Cereté fue el lugar en el que el poeta y el loco se enfrentaron hasta fundirse en herejía; hasta ser el renegado que quiso ser: un verdadero nadaista cual poeta maldito del siglo XIX. “Allí amé dos veces al Amor / Y el Amor dijo una vez que sí / Y otra vez que no / Que ni para el putas”. “Allí tuve una familia que amaba el arte y la naturaleza”. “Allí soñé escribir y cantar”. Cereté con sus gentes, “Sol sobre los tejados y los transeúntes presurosos”, con sus “noches estrelladas”. La tierra nunca olvidada: “Laberinto correteado por mi niñez de siempre”. “Los amo más en el exilio / Los recuerdo con un sollozo a punto de estallar / en mi loca garganta He aquí la prueba”. Esta soledad, con sus tristezas y añoranzas, fue la gran concubina del poeta loco, su cómplice de todos los días. La concubina de sus pesares y recuerdos: la soledad de Gómez Jattin. Por eso a la “desgracia” le anuncia sin más: “Perdóname señora oscura y venerable / mi atrevimiento de hijo bastardo / que no puede más con su vacío corazón”. Entre la soledad y la locura: así vivió el poeta. Y así murió.

Su herencia sólo puede ser el placer de vivir, de amar, de soñar, de sentir. “Corrompimos al niño y corrompimos a la niña / Por separado y luego juntos ¡Qué espectáculo! / Buenas noticias dices / ¿Han preguntado por mi? / Sólo al principio / El placer los ha vuelto insensibles / Dígales que me alegro por ellos”. Así como el poeta loco sabe lo que es la soledad y el placer, la tristeza y la gratitud, también sabe quién ha sido su mejor amigo: “Casi no conozco a mi mejor amigo / Nos vemos por la calle / Un cómo estás cálido y sentido / Casi no lo he tratado / pero presiento en él / a un hombre de valor (…) No me importa que no me reconozca / Es mi mejor amigo / Son los suyos los ojos más sinceros / que jamás me han visto (…) Mi mejor amigo vive en mí / y yo aspiro a vivir en él / sencillamente / Sin estorbarnos”. Soledad: qué gran conspiración es tu compañía. Soledad: no hay mejor amistad.

Soledad, soledad, soledad: ah, la inspiración de todo poeta loco. “Me envenenó la vida / Me sustrajo de mi movimiento natural / y me entregó a las sombras / de los amores no correspondidos / Me trastocó los sueños / metiéndose como un conspirador entre sus grietas / Desempolvó recuerdos / que hablaban de partidas y de adioses / Mientras tanto mi alma / acostumbrada a la desgracia / lo veía hacer / como un condenado que presencia / el levantamiento del patíbulo”. Y es que la soledad sólo puede anunciar los años vividos y la vejez que asecha con su martirio: “Emborráchate de nostalgia Empieza un verso / Apúrate pendejo que por ahí entre tus glándulas / transita la vejez inerme”.

La nostalgia, y su compañera la soledad, también hacen parte del Amor, del verdadero Amor: “el amor es / el peor enemigo / del amor”. No hay escapatoria: estamos condenados. Por eso el poeta es un loco que descubrió el secreto del Amor volviéndose el loco empedernido que siempre sueña: “Valorad al loco / Su indiscutible propensión a la poesía / Su árbol que le crece por la boca / con raíces enredadas en el cielo (…) Él nos representa ante el mundo / con su sensibilidad dolorosa como un parto”. Un poeta con dolor de hombre, con sensibilidad de mujer; una locura hecha Hombre. Ese es Raúl: “Los habitantes de mi aldea / dicen que soy un hombre / despreciable y peligroso / Y no andan muy equivocados (…) Despreciado y Peligroso / Eso ha hecho de mí la poesía y el amor (…) Señores habitantes / Tranquilos / que sólo a mí / suelo hacer daño”. Un poeta despreciable y despreciado que ha probado el sabor de la amargura y también a “esa mula vieja de mi angustia”. Por eso los alucinógenos son para él los acompañantes de su inspiración virtuosa; la dosis de ilusión que le da fuerza de ánimo entre noche y noche: “Del hongo stropharia y su herida mortal / derivó mi alma una locura alucinada / de entregarle a mis palabras de siempre / todo el sentido decisivo de la plena vida (…) Toda esa gran vida a los alucinógenos debo / La delicadeza de un alma no está casi / en lo que se apropia Sino en el desprecio de ese estorbo / sangriento cual banquete de Tiestes / que la opulencia inconsciente ofrece vana y fútil”.

Y, sin embargo, el Raúl no es de nadie aunque esté en todas partes y con todos. “No soy de ti pero tampoco me pertenezco Soy de esos / momentos que habitas incluso con violencia Pero / la herida es tuya Y el dolor que te imagina olvidándome”. El dolor es producto del amor, de la pasión encontrada o perdida. No se le puede huir y menos exorcizar, sólo vivir: “No soy malvado Trato de enamorarte / Intento ser sincero con lo enfermo que estoy / y entrar en el maleficio de tu cuerpo / como un río que teme al mar pero siempre muere en él”. Amor y soledad van al unísono, hacen juego con la locura. La vida al ser vivida como una locura. “No sé dónde arderás ahora corazón mío / Necesito entregarte siempre como esclavo Pobre de ti / Es urgente que enfermes otra vez y otra vez / (…) Qué voy a hacer contigo ahí desocupado / como estúpida biología Vamos deshazte / de tu pesadumbre y emprende vuelo”.

Sólo hay un Raúl Gómez Jattin, poeta y loco. Un Dios que adora: “En este cuerpo / en el cual la vida ya anochece / vivo yo / Vientre blando y cabeza calva / Pocos dientes / Y yo adentro / como un condenado / Estoy adentro y estoy enamorado / y estoy viejo / Descifro mi dolor con la poesía / y el resultado es especialmente doloroso / voces que anuncian: ahí vienen tus angustias / Voces quebradas: pasaron ya tus días / (…) La poesía es la única compañera / acostúmbrate a sus cuchillos / que es la única”.

Los amores que pasan o se quedan, pero siempre se recuerdan, son los grandes temas de la poesía maldita de Raúl. “Ellos me enseñaron que cuando se aman así / se pierde / y que cuanto se pierde en el amar / se gana en el alma”. Amores naufragados en las aguas del destino incierto: “Pero antes de mi deseo estaba mi futuro / Estabas tú antes que mi deseo de ti / antes que el deseo estaba el amor / Antes que el amor estaba la vida y su maldad”. Locura y amor: qué gran pareja de inspiración, un noviazgo eterno. “Cuando te conocí venía de estar muerto / Muerto y amortajado en mis propios recuerdos / Venía de esconderme en una grave locura / que tomaba mi vida y se la ofrecía al viento / para que él la llevara a un lugar ciego lejos / libre de aquellas cosas que parecen la vida / y que la ocultan a costas de nuestra lozanía / Libre de la desdicha de ser amargo y solo / (…) Cuando te conocí hasta el sol era enemigo / (…) Las palabras habían huido de mi voz / (…) Llevaba tantas noches sin tomar una mano / que era de dolor y hielo el hueso de las mías”.

Así llegamos al amor con sus realidades y fantasmas. El amor, el secreto revelado del Dios que adora. Un hombre que siente como ninguno. “No tengo miedo de mí / sólo amar me llena / y naturalmente no tengo / a nadie a quién querer / Porque si tuviera no tendría amor sino zozobra-miedo”. Poesía y realidades, amores y desengaños, soledades y traiciones. Tal es la vida con sus emociones, luces y sombras. “Isabel ojos de pavo real / ahora que tienes cinco hijos con el alcalde / y te pasea por el pueblo un chofer endomingado / ahora que usas anteojos / cuando nos vemos me tiras un "Qué hay de tu vida" / Frío e impersonal / Como si yo tuviera de eso/ Como si yo todavía usara eso."

Por todo lo dicho, y a 10 años de la muerte de Raúl, del poeta con alma de Dios y voluntad de niño, aún hoy recordamos su poesía, sus versos, nacidos de la soledad, de la nostalgia y acompañados del demonio del amor, siempre vigilante. Poesía maldita que sigue recordando a todo aquel que recuerde que morir es también la otra cara de la vida: “Caigo de mí / hacia mí / ¿Dolor? No / ¿Angustia? No / ¿Qué pues? / vacío que me espera / Anuncios de la muerte”.

“Vuelo hacia la muerte”…